En 2019, investigadores de la Universidad de California realizaron un curioso experimento. A unos desconocidos se les ofreció dos formatos de conversación: charla informal sobre el tiempo y las noticias, o una serie de preguntas personales profundas sobre valores, miedos y esperanzas. Los participantes esperaban que el primer formato fuera más cómodo. En la práctica, ocurrió lo contrario. Las conversaciones profundas generaron sentimientos de conexión y entendimiento mutuo considerablemente más rápido — y la mayoría de los participantes las valoraron como más agradables de lo que habían anticipado.
Este paradoja aplica directamente a las reuniones de coparentalidad. La gente suele dedicar las primeras dos o tres conversaciones a temas generales — trabajo, viajes, aficiones — aplazando lo verdaderamente importante para 'más adelante'. Un más adelante que a veces nunca llega.
Los encuentros con un posible coprogenitor no tienen un buen equivalente en nuestra experiencia social habitual. No es una cita romántica. No es una negociación comercial. No es una conversación de amistad sin agenda. Es algo entre todo esto — y simultáneamente ninguna de las anteriores.
Los psicólogos que estudian la confianza interpersonal identifican tres componentes necesarios para su formación: competencia, benevolencia e integridad. En las primeras conversaciones con un posible coprogenitor, estás evaluando exactamente eso, consciente o inconscientemente. Las preguntas que revelan a una persona son las que no tienen una respuesta obviamente 'correcta'. Por ejemplo: 'Cuéntame un conflicto con alguien cercano que resolviste — y uno que no'. O escenarios hipotéticos: '¿Qué harías si el niño tiene fiebre, tú estás de viaje y el otro progenitor es inaccesible?'
Las primeras conversaciones con un posible coprogenitor no son una prueba. Son una exploración conjunta: ¿sois capaces los dos de pensar juntos sobre cosas difíciles sin refugiaros en el confort social? Esa es exactamente la habilidad que necesitaréis durante toda la coparentalidad.